Introducción a la Economía

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El sueño de tener un restorán

(El Mercurio, 18 de Mayo de 2003) MARÍA EUGENIA TAMBLAY C.


La oferta gastronómica crece día a día pese a la fuerte caída en las ventas del sector. Este inexplicable fenómeno lo lideran advenedizos que desconocen incluso la regla básica de que el costo de un plato que se vende a cien pesos no puede superar los treinta pesos.


Seguro que conoce a alguien que sueña con tener un restorán y se saborea con la idea de ganar dinero a manos llenas gracias a los comensales dispuestos a pagar varias veces el valor de un plato si son mejor atendidos que en sus casas, el cocinero tiene buena mano y el ambiente aporta lo suyo. Suena tan fácil y entretenido el negocio que quizás usted mismo ha pensado en instalarse, aprovechando algún ahorro, la plata de la jubilación o de la indemnización.

Si tiene alguna duda de que este sueño es recurrente observe que todo el tiempo se abren nuevos restoranes y que han surgido barrios gastronómicos donde hasta hace unos años a lo sumo existía una fuente de soda.

Pero para que no quede duda de que el negocio no es tan simple como aparenta, basta echar una mirada a los muchos restoranes que cierran sus puertas. Una estadística internacional señala que de cada diez nuevos establecimientos ocho no sobrevivirán. En tono irónico, los empresarios del rubro dicen que en Chile los que mueren son once.

Y es que el simple cálculo de que se puede cobrar mil pesos o más por el arroz del acompañamiento, que cualquiera sabe no cuesta más de cien pesos, no da cuenta de las complejidades de un negocio que en los últimos cinco años acumula una caída de 30% en las ventas y una reducción a la mitad de los márgenes de utilidad. Eso si es que se tiene utilidad, porque basta pasear por centros gastronómicos y ver las mesas vacías para constatar que son varios los restoranes que están trabajando a pérdida y que de no cambiar el panorama no podrán resistir muchos meses más.

Una buena ubicación es clave

Mitad en broma y mitad en serio, el presidente de la Asociación Chilena de Gastronomía (Achiga) y gerente general del "Ibis de Puerto Varas", Fernando de la Fuente, anuncia que hará un manual de cortapalos para abrir un restorán, porque se trata de un negocio tan complejo como el que más pero con el agravante de elevadas exigencias sanitarias.

Adelanta que quien abre un restorán tiene que partir por definir cuál es el concepto que quiere desarrollar, el tipo de comida que ofrecerá, elaborar la carta y con esos lineamientos determinar el tamaño del comedor.

Recién entonces se debe buscar el local. En Estados Unidos se dice que las tres claves para que a un restorán le vaya bien son "ubicación, ubicación y ubicación". En Chile agregan una cuarta: estacionamientos.

Una vez que se tiene el local comienza la habilitación, etapa en la que es recomendable buscar asesoría. Y es que para alguien inexperto es todo un descubrimiento enterarse que la cocina de un restorán tiene un desagüe central, lavaderos con combinación de pies para controlar la salida de agua, inyección de aire para que la campana cumpla su objetivo y el comedor no huela a fritanga... todas exigencias para conseguir la autorización del Sesma.

Pero las verdaderas dificultades están al comenzar a funcionar: hay que atraer público y administrar eficientemente para no ser devorado por proveedores, trabajadores o el banco. Con un promedio de catorce horas diarias de trabajo. Muchos no sobreviven a esta prueba.

La evidencia de que el negocio es más difícil de lo que aparenta está en los cierres del "San Frutoso", "La costilla de Adán", el "Ou Bon Pain", "El mesón del Calvo", el "Café Santos", el "Café Paula" y el "Chez Henry".

Existen otros que no cerraron pero tuvieron que redefinirse para no sucumbir. Es el caso del "Pimpilimpausha", que se trasladó del centro a Isidora Goyenechea, o la decisión de los dueños del "Madroñal" de cambiarlo por "La Sal", un restorán con menores precios que llega a un público más masivo.

El costo es de 30%

La regla de oro para que las finanzas de un restorán funcionen es que si un producto se vende a cien pesos, el costo de la mercadería que se utilizó para elaborarlo no puede superar los treinta pesos. Éste es un promedio, pero claramente se margina más en los licores y vinos, fenómeno que en todo caso ha tendido a moderarse porque el público está menos dispuesto a pagar $10 mil por una botella de cabernet sauvignon que en el supermercado no cuesta más de $2.500.

Los sueldos no pueden exceder otro 30% de la venta total y, como máximo, se puede destinar otro 30% a pagar arriendo, luz, agua, gas, teléfono, calefacción, patente, derechos de autor por la música ambiental y todos los otros ítemes que permiten "levantar la cortina". Esta fórmula deja un 10% libre que sería la utilidad del negocio.

Pero los empresarios gastronómicos explican que el rol del administrador es minimizar al máximo cada uno de esos treintas por cientos. Gracias a eso el promedio de la industria opera con una utilidad de 15 a 20%. Claro que a mediados de los noventa bordeaban el 30%.

Si no se maneja bien esta regla de oro puede ocurrir lo que le pasó Matías Bermúdez en sus comienzos con "El Deseo". Este bar restorán que apareció en cuanta revista hay con su propuesta decorativa kitsch y su comida fusión, estuvo completamente reservado durante sus primeros ocho meses. Pero lo que parecía un éxito comercial no era tal.

"Pagué todos los noviciados posibles", reconoce hoy el joven empresario, quien vio que sus costos estaban disparados porque pagaba sueldos muy altos, había muchos robos de los empleados y faltaba control en el flujo de abastecimiento. "Para hacerse una idea: todavía tengo en la bodega licores de hace tres años". Pero la lección la aprendió y hoy Bermúdez cuenta con un segundo restorán, "Las mil y una noches", da asesorarías en el rubro y prepara un nuevo proyecto.

La clave es precios bajos

Como en los tiempos que corren la gente sale menos a comer y se preocupa más de lo que gasta, el factor precio cobró mayor relevancia.

"Desde hace tres años que no subo los precios", cuenta Jorge "Coco" Pacheco, dueño del "Aquí está Coco" que hace treinta años funciona en la misma ubicación en Providencia. Otra de sus medidas de ajuste fue reducir de 52 a 44 sus trabajadores.

Quien no necesitó ajustar personal es Eladio Mondiglio: apenas da abasto para atender al promedio de 2 mil 400 clientes diarios de sus locales de Ossa, Bellavista y Providencia.

Su misma competencia celebra su fórmula de bajos precios y calidad garantizada, que es la que lo lleva a vender en 790 pesos un pisco sour hecho con limones traídos de Perú y servido en copa de champán. Cada día vende 1.100 de estos tradicionales tragos. Es que lo suyo es el volumen con un menor margen. Y aunque no entrega cifras, dice que la competencia se equivoca al calcular que gana 10%. Dice que ningún restorán sobrevive con eso.

Un factor que se debe tener en cuenta que juega a favor de las finanzas de los Eladio es que todos los locales son propios. Con esto se ahorra los costos de arrendar, que especialmente en los barrios gastronómicos suelen ser elevados: en Borderío por 350 metros cuadrados se paga fijo unos $2,5 millones mensuales más el 6% de la venta. Si se venden $80 millones, se pagarán unos $7,3 millones.

La moda les incomoda

Pero así como celebran a la competencia que capta clientes masivamente con bajos precios, los empresarios gastronómicos miran con recelo y son críticos de los jóvenes advenedizos que con propuestas novedosas les disputan las preferencias del público.

Se quejan de que se trata de una competencia desleal, porque atrae al público por su concepto estético, por la presencia de figuras de la farándula, porque ofrecen la ilusión de que la vida nocturna de Chile se acerca a la de Nueva York. Y con tal de ser parte de esta movida "fashion", los comensales son condescendientes con la cocina y la atención.

En los restoranes de moda defienden la calidad de sus platos. Lo que sí aceptan es que la atención que brindan sus garzones es más deficiente que la de un profesional del rubro. Es que su opción ha sido emplear a jóvenes estudiantes, muchas veces sin los conocimientos para recomendar vinos, explicar un plato o tomar un pedido correctamente, pero cuya presencia se justifica porque "a todos les gusta ver gente linda", explican.

A estos jóvenes se les paga entre tres mil y cinco mil pesos por el turno. Al sumar las propinas obtienen entre 15 y $25 mil.

Pero los establecimientos tradicionales trabajan con garzones contratados pese a que es más caro porque creen que sólo de esa forma se garantiza un buen servicio. Les pagan un sueldo fijo, que en general es el mínimo, y que al sumar las propinas sube a $250 mil o más.

Además, un restorán de cocina más elaborada requiere un chef de tal nivel que no trabajará por menos de $700 mil, mientras que uno de los locales que está de moda reconoce que su jefe de cocina gana $300 mil.

El presidente del capítulo chileno de la asociación internacional de chefs "Les Toques Blanches" y por trece años responsable de la cocina de un restorán considerado entre los mejores de Santiago, el "Bristol", Guillermo Ramírez, dice que lamentablemente en los nuevos locales cada vez se preocupan más de la decoración y menos de la comida.

Los costos de un restorán de cocina más clásica también se elevan porque necesitan mejor vajilla, cuchillería, cristalería, manteles y más tecnología en la cocina. Sólo para tener una idea de los montos involucrados, un horno de convección cuesta entre $5 y $6,5 millones y una cafetera industrial bordea los $3 millones.

Todo esto explica por qué Fernando de La Fuente dice que un restorán del nivel de los que están en Borderío o en El Bosque, con capacidad para 150 personas, involucra una inversión por sobre los $200 millones. En cambio, el dueño del Sarita Colonia calcula que gastó $100 millones. Otro de los restoranes de moda demandó una inversión de $70 millones.

Expectativa de vida de cinco años

"La gente tiende a obnubilarse con las nuevas estrellas, que son fugaces", advierte Gabriel Délano, quien con veinte años en la industria es socio de diez restoranes y presidente del Consejo Superior de Turismo (Consetur). Remata diciendo que "ni a cañonazos estos restoranes duran cinco años".

El diagnóstico proviene de la idea de que los nuevos locales se orientan a un público joven con alto poder adquisitivo, que busca la novedad y que por lo mismo es poco fiel.

Matías Bermúdez acepta este diagnóstico pero dice que el peak que alcanzan es tan alto que igualmente el negocio es bueno. "La idea es que la inversión se recupere en un año o un año y medio y después todo sea ganancia, el tiempo que dure: la vida útil de un restorán de esta índole bordea los cinco años". Quien no comparte estas ideas es Gino Falcone, el arquitecto peruano que es socio y responsable de la celebrada estética del "Puerto Perú", el "De cangrejo a conejo", el "Sarita Colonia" y que a comienzos de año inauguró el "Mucca", el local que con capacidad para docientas personas sentadas más otro tanto en la barra está necesitando un guardia para impedir que siga entrando gente. Es que está desbordado y la cocina del local se ha visto en problemas para satisfacer tanta demanda.

Falcone cree que la muerte prematura se evita con una constante renovación.

Los restoranes de moda que no se enfrentan a esta clase de cuestionamientos son aquéllos en que la oferta gastronómica es la que atrae al público. Tal es el caso del "Agua" de Cristopher Carpentier, o el "Osadía", de Carlo Von
Mühlenbrock. Ambos son chefs jóvenes que se han ganado el reconocimiento de sus pares.

También se valora el aporte de algunos restoranes que llenan nichos que estaban inexplotados. Es el caso del Sakura de comida japonesa, que Daniel Avayú abrió en 1997 en Vitacura pero que ahora suma un segundo restorán en Borderío, locales de menor formato en los últimos pisos de Ripley de Parque Arauco y Alto Las Condes y hace poco se expandió al rubro de venta a domicilio.

Cuando a quienes saben se les pide un consejo para los que sueñan con tener un restorán, dicen que es clave no partir muy endeudado y estar preparado para perder dinero los primeros meses. Pero por sobre todo recomiendan pensarlo, tres, cuatro y hasta diez veces antes de lanzarse en un negocio tan lleno de sinsabores como éste.
 

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