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Educación
y crecimiento
(El Mercurio, 29 de Abril
de 2003)
Para una economía como la
nuestra, resulta esencial poner la mirada en los determinantes del
crecimiento de largo plazo. Este ejercicio conduce inevitablemente a un análisis
de nuestro sistema educacional.
FRANCISCO ROSENDE
Tras el desplome del precio de las acciones de numerosas empresas
vinculadas a la "nueva economía" durante los últimos años, se
aprecia una actitud entre indiferente y pesimista de los analistas
respecto a cuál es el verdadero efecto en la eficiencia global de las
economías de las reformas en las tecnologías de información (TI), con
las que se identifica el concepto de "nueva economía".
Para los más pesimistas, estos avances tecnológicos no han tenido un
impacto relevante en la eficiencia agregada de la economía. Desde esta
perspectiva, los adelantos asociados al desarrollos de las TI tendrían un
alcance limitado, el que en el mejor de los casos podría asimilarse al
efecto de innovaciones como el telégrafo, cuyo impacto macro parece haber
sido menor.
Sin embargo, para los "optimistas", estas innovaciones tecnológicas
no sólo permitirán mejorar la eficiencia de importantes sectores de la
economía, especialmente en el área de los servicios, sino que, además,
harán posible una ampliación en las oportunidades de intercambio y,
consecuentemente, en el tamaño de los mercados.
Capital humano
Para algunos economistas como el Premio Nobel Robert Lucas, esta ola de
innovación tecnológica asociada con las TI forma parte de un proceso más
amplio de adelantos tecnológicos, el que se inicia con la revolución
industrial a mediados del siglo XIX. Desde entonces la humanidad ha visto
un proceso de crecimiento del producto por habitante sin precedentes. Al
mismo tiempo, la amplitud y extensión de este proceso de cambio técnico
ha llevado a situar en las características del capital humano un
determinante central de las ventajas comparativas que registre una cierta
economía. Ello en desmedro de la importancia de su dotación de recursos
naturales.
Así, para una economía como la nuestra, que está a medio camino de
alcanzar la categoría de "país desarrollado", al mismo tiempo
que trata de superar un "período de aletargamiento" que parece
prolongarse en exceso, resulta esencial poner la mirada en los
determinantes del crecimiento de largo plazo. Este ejercicio conduce
inevitablemente a un análisis de nuestro sistema educacional y de las políticas
públicas que se han adoptado respecto al mismo.
Al examinar los indicadores disponibles en materia de desempeño y política
educacional en nuestro país, es posible identificar dos hechos
sobresalientes: a) Un mal desempeño de nuestros estudiantes en pruebas de
evaluación de conocimientos (un ejemplo reciente al respecto lo
encontramos en los resultados de la prueba Simce dados a conocer la semana
pasada); b) Un creciente volumen de gasto público en educación.
Respecto al primer punto, es indiscutible que cada uno de los indicadores
utilizados para medir los resultados del sistema educacional podría dar
origen a un análisis detenido de sus debilidades y fortalezas, el que en
general concluye recomendando un uso cauteloso de sus resultados. Sin
embargo, no puede desconocerse que a pesar de todas las limitaciones que
puedan encontrarse a los indicadores de desempeño escolar disponibles,
los resultados apuntan consistentemente en una dirección: El nivel de
conocimientos de nuestros estudiantes de educación básica y media es
deficiente.
En un estudio publicado en "Cuadernos de Economía" en abril de
1999, el economista Robert Barro llama la atención por el pobre desempeño
obtenido por los estudiantes chilenos en la prueba internacional de matemáticas
y ciencias (TIMSS). En dicho trabajo, Barro advierte que el resultado
obtenido por los estudiantes chilenos es sustancialmente menor que el
promedio de países considerado en la muestra y, en particular, a lo que
cabría esperar dado el nivel de producto por habitante del país. A su
juicio, en la medida en que Chile logre remontar dichos resultados, sería
posible elevar en forma no despreciable el ritmo de crecimiento de la
economía.
Resultados similares se obtienen en la medición que realiza el
"Informe Mundial de Competitividad" del año 2000, respecto a la
calidad de la enseñanza de matemáticas y ciencias en diferentes países
latinoamericanos. En dicho estudio se relaciona un índice de calidad de
la enseñanza de matemáticas y ciencias en cada país, con el nivel de
producto por habitante que registra éste. Ello sobre la base de que un
mejoramiento en el desempeño macroeconómico de los países debería ir
acompañado de un avance similar en calidad de su educación. De acuerdo
con los resultados de este estudio, la mayoría de los países de la región
- incluido Chile- registran un progreso educacional inferior al de su
macroeconomía, con la excepción de Costa Rica.
En mayor o menor medida el diagnóstico de nuestro sistema educacional
implícito en los indicadores mencionados parece ser compartido por
amplios sectores de nuestro país. Esta impresión es coherente con el
discurso de las autoridades de gobierno y con el importante crecimiento
experimentado por el gasto público en educación durante la última década.
Así, se estima que el gasto en educación total del país - pública más
privado- alcanza a aproximadamente un 7,5% del PIB, cifra superior a la
que registran numerosos países desarrollados.
Cabe entonces preguntarse por qué se verifica un divorcio tan marcado
entre el esfuerzo que realiza el país en educación - especialmente en lo
que se refiere a educación básica y media- y los resultados del mismo.
Una interpretación posible es que toma algún tiempo en que esta inversión
manifieste sus resultados. Sin embargo, esta hipótesis sugiere que deberían
comenzar a manifestarse cambios positivos en los indicadores de desempeño
de nuestros estudiantes, cosa que hasta ahora no ha ocurrido.
Otra explicación es que el mayor gasto no ha logrado generar una mayor
eficiencia en el funcionamiento del sistema, por ejemplo, debido a trabas
que plantea el "Estatuto Docente", o bien a una información
insuficiente a los padres, lo que impide que éstos estimulen la adopción
de acciones correctivas en los establecimientos educacionales. En esta línea
de argumentación, es posible postular que el mayor gasto fiscal en
educación sólo ha conducido a encarecer el funcionamiento del sistema de
educación pública, al no provocar cambios importantes en la eficiencia
del mismo.
Por último, también podría postularse que el esfuerzo de mayor gasto
fiscal en educación es aún insuficiente, por lo que sería necesario
realizar nuevos incrementos en el nivel de éste antes de que puedan
manifestarse resultados concretos de esta inversión. Sin embargo, antes
de pensar en nuevos aumentos en gastos, resulta imprescindible examinar la
eficiencia del actualmente comprometido. Más aún, la evidencia
internacional es abundante en ejemplos de economías en las cuales se
produjo un fuerte crecimiento del gasto público en educación, el que no
tuvo efectos positivos relevantes en los logros de los estudiantes. Ello
por cuanto la acción de las políticas públicas se concentró en elevar
el gasto, sin que se introdujeran cambios de importancia en la estructura
de incentivos con las que funciona el sistema de educación pública.
Dado la importancia que tiene el capital humano en la determinación de
las posibilidades de crecimiento de mediano plazo del país, parece
indispensable concretar - a la brevedad- una discusión profunda de las
políticas educacionales y los indicadores utilizados para establecer sus
resultados.
Por ahora, sólo se puede concluir que la combinación de un cuadro de
pobres desempeños educacionales, junto con una institucionalidad laboral
que dificulta la obtención de empleo por parte de los jóvenes, es un
camino seguro para la mantención de altas tasas de desempleo juvenil, con
los consecuentes costos sociales y económicos que ello implica. Por otro
lado, un bajo nivel de competitividad internacional de nuestros
trabajadores, implica que nuestras exportaciones seguirán siendo
predominantemente "materias primas", con todo lo que ello
supone. En particular, en lo que se refiere a la limitación que ello
plantea al logro un alto ritmo de crecimiento en el mediano plazo.
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