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América
Latina: Un nuevo mundo otra vez
(El Mercurio,
8 de Junio de
2003. JOSÉ PIÑERA)
ECONOMÍA Y
SOCIEDAD
Es estimulante vivir
en la etapa histórica que están experimentando las relaciones entre
América Latina y Estados Unidos. Sueño con que estos acuerdos sean el
inicio de una "Comunidad Americana" de naciones, cultivando con
fuerza sus identidades culturales, pero unidas en un mercado único.
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Siempre me ha asombrado
la paradoja de nuestro "continente de siete colores", como lo
llamó hermosamente Germán Arciniegas. América Latina -conectada por su
geografía con dos de las naciones más exitosas del mundo, bendecida con
toda clase de recursos naturales, sin graves problemas de violencia
originados en la raza, la religión o la lengua, sin mayores conflictos
entre sus países, con una extraordinaria cultura caracterizada por su
continuidad y su diversidad- podría ser una región próspera y estable.
Sin embargo, la vida
política y económica de nuestro continente en los últimos dos siglos
contrasta abiertamente con aquella de Estados Unidos. Las consecuencias
han sido elocuentes, como lo ha destacado el historiador Claudio Véliz:
"Nosotros estamos en un nuevo mundo que nació casi simultáneamente
en el norte y en el sur, que fue habitado por dos grandes sociedades
trasplantadas y ambas generadas a su vez por los imperios más grandes de
la modernidad. Dos sociedades que comenzaron una muy pobre, la del norte,
y otra muy rica, la del sur. Y en 500 años los papeles se han trastocado
totalmente".
En dinero de hoy, EE.UU.
tenía en 1820 un Producto Interno Bruto (PIB) de 12 mil millones de
dólares. En 1900, el PIB de EE.UU. había subido a 313 mil millones, y
ahora alcanza a más de 10 billones (mil veces el inicial). ¿Cómo se
logró este desarrollo espectacular? En gran medida, gracias a las
instituciones y a la filosofía política que le legaron a Estados Unidos
los bien llamados "Padres Fundadores": Benjamín Franklin,
George Washington, John Adams, Thomas Jefferson, James Madison y Alexander
Hamilton, entre otros. La Declaración de Independencia, la Constitución,
el "Bill of Rights" y El Federalista son obras maestras que le
dieron el más sólido y estable sustento filosófico, político,
económico y moral a la nueva nación.
Quisiera esbozar la
hipótesis de que la tragedia de América Latina en el siglo 20 proviene,
en gran parte, de haber sido un continente huérfano. Los libertadores
lucharon con gran heroísmo para independizar a nuestros países del
control político español. Pero una cosa es saber luchar y otra muy
distinta saber fundar naciones y gobernar bien.
Los libertadores y sus
sucesores no anclaron a las jóvenes repúblicas en los valores de la
libertad individual, el Estado de Derecho y la democracia limitada, sino,
por el contrario, mantuvieron, y en algunos casos superaron, la tradición
centralista española. Es sintomático que, mientras todos los Padres
Fundadores mueren en sus hogares rodeados del afecto ciudadano, Bolívar
muera desesperanzado y camino al exilio, Sucre asesinado, San Martín
olvidado en un pueblo francés, y O'Higgins en el destierro en Lima.
El hecho de que América
Latina tuviera "Generales Fundadores", pero indudablemente no
"Padres Fundadores", ha significado que hasta hoy América
Latina carece de las instituciones y los principios de una verdadera
democracia al servicio de la libertad. Por ello, nuestro progreso es tan
oscilante y frágil. Como en el mito de Sísifo, empujamos la roca hasta
la cumbre de la montaña para ver una y otra vez cómo vuelve a caer,
aunque no necesariamente al nivel desde el cual se partió.
Agrava la situación el
hecho de que el discurso público en América Latina trasunte tanto
pesimismo y resignación. Mucha gente se conforma con la equivocada
creencia de que este continente nunca será capaz de encontrar un camino
de prosperidad. Para explicar lo anterior, se utilizan argumentos que van
desde la raza hasta el clima tropical, pasando por los términos de
intercambio, la religión católica y por todo tipo de explicaciones que
intentan culpar a algo o a alguien fuera de América Latina. Discrepo de
esa postura que, aunque se asuma de buena fe, es muy cómoda porque
permite a los gobernantes de cualquier signo "echarle la culpa al
empedrado", como reza el refrán. Por el contrario, estimo que es de
nuestra responsabilidad no haber sabido construir verdaderas repúblicas
democráticas, con economías de mercado y sociedades libres.
Tres buenas noticias
Una elocuente indicación
de que también en América Latina funciona la libertad y de que se pueden
realizar grandes avances, son tres experiencias singulares en los últimos
treinta años del siglo XX.
La primera es el éxito
de la Revolución Chilena. En la década del setenta, Chile logró
transformar lo que fue su mayor crisis del siglo XX en una oportunidad
para hacer una revolución de libre mercado, que se extendió después a
campos sociales claves y que ha sentado los cimientos del Chile actual.
Esa revolución no solamente fue la principal causa de un retorno
pacífico y constitucional a un sistema democrático en 1990, sino que
además permitió que Chile siga hoy día siendo el país más competitivo
y más próspero de América Latina. El nuevo modelo económico hizo
crecer al país a tasas del 7% anual durante más de doce años, redujo
drásticamente los niveles de pobreza, y creó una clase media que ha
estabilizado los pilares del sistema. Por cierto, la calidad de las
políticas públicas ha caído en la última década, y ello significa que
hemos perdido la oportunidad de salir del subdesarrollo antes de nuestro
bicentenario el año 2010. Pero también es cierto que se ha logrado
preservar las bases del exitoso modelo económico-social, y que Chile
superó ese umbral crítico que permite la convivencia civilizada y la
amistad cívica.
La segunda buena noticia
es la evolución reciente de México. Recuerdo cuando Mario Vargas Llosa
sostuvo que México era la "dictadura perfecta". Sin embargo,
distintos presidentes y equipos - incluso dentro de ese esquema
institucional tan imperfecto- tuvieron la visión de comenzar a abrir
espacios a la libertad en el campo económico, social y político. El
ingreso al NAFTA fue un punto de inflexión de consecuencias altamente
positivas. Otro hito fue la reforma previsional siguiendo el modelo
chileno; ya hay en México 25 millones de trabajadores que tienen una
cuenta individual de ahorro para la vejez. Y el tercer hito ha sido la
reciente alternancia pacífica en el poder. Todavía falta mucho que hacer
para realizar el gran potencial que tiene un país como México, pero el
país se ha encaminado en la dirección del desarrollo y la sociedad
libre.
La tercera buena noticia
es la revolución mundial de las pensiones originada en Chile. En ocho
países de América Latina ya hay cincuenta millones de trabajadores que
tienen cien mil millones de dólares ahorrados en sus fondos de pensiones.
Hay tres países en la ex Europa comunista - entre ellos Polonia- con un
modelo de pensiones de capitalización familiar, lo que suma otros veinte
millones de trabajadores. Y esta idea ha comenzado a penetrar en los
países desarrollados que enfrentan una grave crisis en sus sistemas de
pensiones estatales. Desde ya, el Presidente de Estados Unidos ha dicho
públicamente que quiere introducir el sistema chileno de cuentas
individuales de ahorro para las pensiones. Es notable que Suecia - el
modelo del "Estado del Bienestar"- también avanzó hace dos
años en esta dirección permitiendo minicuentas individuales de
previsión, en una experiencia que puede tener un impacto importante en
Europa continental, que es la región más reacia a esta reforma. Y Hong
Kong - la economía más competitiva del mundo- ya tiene funcionando un
sistema similar, lo que puede llevar a China también por esta ruta.
La revolución inconclusa
Estas tres experiencias
produjeron inicialmente un impacto positivo en toda América Latina. Los
más variados países comenzaron a realizar reformas económicas de libre
mercado y lograron valiosos avances que han permitido elevar la calidad de
vida de sus ciudadanos. Durante la década de los noventa, el PIB total de
la región creció a una tasa promedio anual del 3,2%, superando en 2,2
puntos porcentuales el crecimiento del producto experimentado en la
década del ochenta. Sin embargo, en muchos casos estas reformas
adolecieron de un pecado original: no fueron coherentes tanto entre ellas
como con la estructura político-institucional del país, lo que explica
gran parte los retrocesos actuales en la región.
Toda persona amante de la
libertad, y por esa misma razón, adhiere a un sistema democrático para
elegir gobernantes. Pero hay democracias y democracias, y claramente no da
lo mismo cualquier forma de democracia, dentro de las infinitas maneras en
que pueden conjugarse los diversos elementos que la constituyen.
Como lo sostuvo Alexis de
Tocqueville en su magnífico libro "Democracia en América", la
democracia debe siempre protegerse contra el despotismo popular. En
América Latina una suerte de "tiranía de la mayoría",
alimentada con demagogia y populismo, ha llevado, una y otra vez, al
gobierno excesivo, que empobrece a la sociedad civil y termina siendo, en
el mejor de los casos, el "ogro filantrópico" que tan bien
describió Octavio Paz y, en el peor, un ogro corrupto, ineficiente y
opresor.
Consciente de esta
debilidad de la nueva democracia chilena, sin anclaje en una filosofía
política de libertad, escribí en 1991 en mi libro "El Cascabel al
Gato", algo que lamentablemente se ha cumplido: "Hay un nuevo
Chile económico y social que está muy bien, pero hay un viejo Chile
político que está muy mal. Hasta ahora esta dicotomía no se nota
demasiado en la marcha del país real, pero la lógica de los
acontecimientos llevará tarde o temprano a la asfixia del Chile
modernizado, estrangulado por las insuficiencias de su aparato
político".
Para que exista una
democracia al servicio de la libertad es condición necesaria que el
gobierno tenga sus poderes claramente limitados por la Constitución. La
democracia es un método para adoptar las decisiones en aquellas áreas en
que es necesario adoptar decisiones colectivas, es decir, un sistema para
decidir "cómo" debe ser conducido un gobierno, y no un método
para decidir "qué" debe hacer un gobierno.
Por supuesto la mayoría
debe mandar, pero dentro de un marco constitucional que claramente limite
y contrapese sus poderes, y sólo en aquellas materias que correspondan al
rol del Estado en la sociedad.
De otra manera se cumple
el dictum de Jefferson: "La tendencia natural es que los gobiernos
intenten permanentemente incrementar su poder y que la libertad se bata en
retirada". Para evitar eso, es indispensable que los ciudadanos
ejerzan una "eterna vigilancia" sobre el poder. Como bien le
dijera Benjamín Franklin a la ciudadana que, a la salida de la
convención constitucional en Filadelfia, le preguntó qué sistema de
gobierno le habían legado al nuevo país: " Una república,
señora... si son capaces de mantenerla".
En Estados Unidos hay una
Constitución de más de doscientos años, aceptada con respeto y
entusiasmo por todos, y con escasas enmiendas, todas aprobadas a través
de un doble sistema de aprobación parlamentaria y por los estados. La
Constitución norteamericana comienza diciendo: "We The People",
pues es en efecto el pueblo quien le entrega al gobierno ciertos poderes
claramente enumerados, para que le proteja los derechos inalienables que
la Declaración de Independencia especificó como aquellos a la Vida, la
Libertad y la Búsqueda de la Felicidad. Los tres autores del Federalista
- Madison, Hamilton y Jay- explican, en esa magnífica defensa del texto
constitucional, por qué y cómo se creó un mecanismo de relojería para
compensar los poderes entre las tres ramas del ejecutivo, entre el
gobierno y la sociedad civil, y entre el gobierno y los individuos.
Reconozcamos con realismo
que nosotros estamos muy lejos de una filosofía y práctica
constitucional como ésta. Las constituciones se cambian en América
Latina con gran frecuencia, a través de negociaciones opacas, y en el
proceso participa con poder decisorio sólo una cúpula de dirigentes
políticos, aunque se revista de supuestos apoyos populares. La norma,
aunque con excepciones, en América Latina, es que los que gobiernan
rechazan limitar sus poderes, cualquiera sea su corriente política.
En segundo lugar, es
necesario crear una cultura de alternancia en el poder, lo que permitirá
a los gobernantes "internalizar" que otros gobiernos podrían
usar y abusar de determinados poderes excesivos. En todas partes duele
dejar el poder político, pero en nuestro continente parece que fuera
equivalente a la muerte civil. Las consecuencias en el último tiempo han
sido dramáticas. El presidente Menem, que hace un gran primer gobierno,
en su segundo período aplica medidas populistas porque tiene la
pretensión de un inconstitucional tercer gobierno. El presidente Fujimori
también hace un buen primer gobierno, pero cuando trata de ser gobernante
por tercera vez produce una crisis espectacular y termina de manera
vergonzosa como un fugitivo en el exilio. El presidente Fernando H.
Cardoso usa el último año de su primer gobierno para cambiar la
Constitución, y conseguir un segundo gobierno, en vez de utilizar su
capital político para hacer la reforma previsional. En Chile, aunque
cuando se sugirió cambiar la norma que prohíbe la reelección
presidencial el Presidente Lagos reaccionó en la mejor tradición
republicana, en el período 1998-99 se manipularon las políticas
públicas para obtener un tercer período en el poder para la coalición
gobernante. Hasta hoy Chile sufre las consecuencias de la expansión
desmedida del gasto público, de las alzas demagógicas del salario
mínimo, y de un nefasto proyecto de reforma laboral que se presentó a un
mes de las elecciones como artificio político-electoral.
Si no hay una verdadera
cultura democrática de alternancia en el poder, los años de elección
presidencial serán altamente peligrosos para el futuro de cada país. La
adicción enfermiza por el poder conduce a gobernar no para dejar legados
permanentes, sino que para intentar perpetuarse en los cargos públicos.
En tercer lugar, se
requiere crear las condiciones para que surja y se consolide una sociedad
civil fuerte e independiente. Los gobiernos tienen que crear un marco de
libertad y equidad en las reglas, dentro de las cuales los individuos
puedan aspirar, con sus propios esfuerzos, a la felicidad. Los ciudadanos
deben tener la cancha abierta para la creación de un número infinito de
asociaciones voluntarias que les ayuden en esa tarea. Un termómetro de
una vigorosa sociedad civil es una prensa libre, vigorosa e independiente.
En nuestra región, aunque con excepciones notables, la prensa ha sido
históricamente demasiado cercana al poder; de mil maneras - sutiles
algunas, abiertas otras- , pero la prensa no ha sido un contrapeso
efectivo al poder. En cuarto lugar, ¿cómo puede prosperar una economía
y sostenerse una sociedad libre sin un Estado de Derecho en forma? Esta ha
sido una gran falla de América Latina. La ineficiencia, el anacronismo,
la sujeción al poder político, y en varios países incluso la
corrupción, han hecho imposible el imperio de la ley. Aunque debiera
existir una "muralla china" entre los gobiernos y el poder
judicial, eso claramente no sucede. Hasta presidentes o ministros que son
juristas olvidan sus principios una vez en el poder y no resisten la
tentación de influir indebidamente en los dictámenes judiciales, ya sea
por conveniencias políticas o ambiciones personales (como las
reelecciones prohibidas).
Educación, educación
Otro pilar fundamental
para modernizar la política es la necesaria revolución educacional en
América Latina. En el Enade realizado en 1997 hice un planteamiento
integral de reforma educacional, basado en el subsidio de la demanda y la
apertura de la oferta, y esa propuesta sigue absolutamente vigente. Sin un
incremento radical en la calidad en la educación, es obvio que es muy
difícil tener una democracia al servicio de la libertad. Por supuesto,
ésta es una tarea de largo plazo y desde ya la clave para derrotar la
pobreza.
Pero otro grave problema
en América Latina, que podría atenuarse en plazos menores, es la
extendida ignorancia económica de la ciudadanía. ¿Cómo se explica que
parlamentarios que saben que distorsionar el mercado del trabajo va a
producir desempleo y reducir, a la larga, los salarios de los mismos
trabajadores, aprueban leyes en esa dirección? Porque las encuestas les
dicen que la gente no entiende para nada la relación entre mayor rigidez
del mercado laboral y desempleo, y porque muchas de las leyes más
importantes de la economía van contra la intuición desinformada.
Quizás el proyecto
socialmente más rentable de América Latina sea crear una
"Fundación Prosperidad Ciudadana", en la línea de la exitosa
"Fundación Paz Ciudadana" chilena, cuya misión sea educar a la
ciudadanía en los principios elementales de la economía. Las leyes van a
continuar fabricando pobreza mientras los ciudadanos no comprendan las
causas de la riqueza de las naciones.
Casi siempre, los países
de América Latina necesitan llegar al borde del abismo, antes de enmendar
rumbos. Aprendemos a golpes en vez de aprender por la razón, y eso tiene
que cambiar. Y sólo lo puede cambiar la educación.
Comunidad Americana
En casi todas las grandes
tareas señaladas puede ayudar mucho un mayor acercamiento de América
Latina con Estados Unidos. Me confieso un gran admirador de la democracia
y de la economía norteamericanas, aunque prefiero lejos nuestras
tradiciones valóricas, formas de vida y manifestaciones culturales. Pues,
¿cómo no admirar a esos Padres Fundadores que le legaron a Estados
Unidos una combinación de instituciones políticas y sistema económico
que los ha convertido en la sociedad libre más exitosa de la historia?
Es entusiasmante vivir en
la etapa histórica que están experimentando las relaciones entre
América Latina y Estados Unidos. Desde ya, el ingreso al NAFTA ha sido un
éxito espectacular para México, lo que está teniendo un fortísimo
efecto de demostración en América Central, y similar efecto tendrá en
América del Sur nuestro Tratado de Libre Comercio con Estados Unidos.
Espero que los tratados
de libre comercio sean sólo "el fin del comienzo". Hay mil
iniciativas que pueden surgir a partir de una mayor integración
comercial. Quizás lo más importante será que, por una suerte de proceso
de osmosis, iremos trayendo a nuestra realidad algunos conceptos
económicos y políticos fundamentales detrás de la exitosa experiencia
de EE.UU., así como ellos se van a beneficiar de aprender de nuestra
cultura y formas de vida. Una mayor prosperidad de América Latina
también evitará que tantos millones de nuestros ciudadanos, y quizás
los más emprendedores, emigren, no sin dolor, a la gran economía de
oportunidades del norte.
Sueño con que estos
acuerdos sean el inicio de una "Comunidad Americana" de
naciones, todas independientes, todas cultivando con fuerza sus
identidades culturales, pero unidas en un mercado único de comercio, de
inversiones, de movimientos de personas, de ideas y de grandes parámetros
institucionales. Una "Comunidad Americana" de naciones
comprendería 830 millones de personas y un PIB conjunto de 13 billones de
dólares, muy superior incluso al de la Europa ampliada que se
estructurará en los próximos años. En fin, es necesario atreverse a
soñar de nuevo. Como dijera en otro momento crítico el poeta
norteamericano Carl Sandurg, "La república es un sueño. Pero nada
sucede si no es primero un sueño".
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